miércoles, 13 de septiembre de 2017

EL AUTOBUSERO Y EL PASAJERO

Erase una vez un conductor de autobús que trabajaba alegre y contento para conseguir un digno sueldo para sacar adelante a su gran familia. No era el único, pues su mujer trabajaba de directora de Marketing en una pyme y se veían con los niños por la tarde, se abrazaban por la noche, se despertaban temprano y así pasaron los años… La línea 13 se llenaba de viajeros de todo tipo, y la alegría del conductor era conocida por los más asiduos, que le saludaban diciendo: ¡Buenos días don Raúl! ¿Cómo está su mujer? Y el conductor, con sentido del humor, contestaba “¡Está como un autobús!”… La gente se reía y decía “Se dice… está como un tren”… pero Raúl contestaba que los trenes van muy rápido y la gente no se reconoce, mientras que los buses llevan muchas personas “reconocibles” dentro, y su mujer, Ana, siempre tenía a personas concretas en su cabeza: a Raúl, a sus tres hijos, y a muchas más personas. Por eso era tan buena en Marketing, porque cuando diseñaba una campaña de anuncios, pensaba en personas con carne y hueso… Los pasajeros disfrutaban con las historias de Raúl, y como había algunos con familias rotas, le envidiaban secretamente, pero con envidia de la buena, pues nadie le deseaba ningún mal a un conductor tan alegre.
El éxito de la línea 13 fue en aumento, y muchos días no cabían los pasajeros… Ana, cuando tenía que ir a una reunión en la ciudad, aprovechaba para coger la línea 13 y rezaba a su ángel custodio para que le tocara el bus de su marido… Y cuando coincidían, Raúl le decía. “¡Quédate una vuelta más!” Pero Ana se bajaba en su parada y le decía que “los dos estaban trabajando”. Los pasajeros disfrutaban viendo a una pareja tan normal… ella, muy guapa con su estilo chic y su flequillo escalonado, y él con su chaqueta de conductor, con sus ojos azules y saltones y su sonrisa perenne.
Cambiaron los gestores tras unas elecciones, y los subjefes fueron cambiando poco a poco… Así que el nuevo subjefe puso a Raúl en una línea nocturna sin negociar ni tiempo para escuchar. Raúl le explicó algo de sus niños y su mujer y el subjefe le contestó que todas las familias deben adaptarse a la organización eficiente de las ciudades. Raúl no sabía mucho de política y no era comunista, pero aquello le olía a capitalismo público feroz… Hubiera renunciado de no ser porque Ana le dijo que “se arreglarían” y que podían aguantar hasta que cambiaran a su subjefe y los horarios.

Raúl se acomodó a la nueva situación, pero su bus -nocturno línea 5- estaba vacío por las noches, y a veces, entraban personas con olor a mosto o a ginebra de la marca Larios... Los borrachuzos se apoyaban en el mostrador y le contaban su vida con hipos y repeticiones… Al principio, Raúl hacía bromas y decía In vino veritas; in gintonic, veritas máxima… Pero fueron pasando los meses, y poco podía jugar con sus hijos, los fines de semana abrazaba a su esposa y los domingos iba a quejarse a la Iglesia… Deseaba tener muchos pasajeros, dar sentido a su trabajo, ayudar a muchas personas a llegar puntualmente a su trabajo, alegrarles la vida sin cláxones y riesgos innecesarios… Quería ganarse el cielo conduciendo el autobús… Hacía más de un año que no ponía el cartel COMPLETO en el frontón digital del autobús… Él se sentía vacío, porque su bus estaba vacío… Los pocos pasajeros no eran reconocibles, porque no eran capaces de saber quiénes eran ni adónde iban… 
La respuesta le llegó un 13 de septiembre… miércoles: Raúl conducía el autobús y un elegante peatón, con corbata y americana, le hizo señales desde la parada de la plaza del ayuntamiento… Se abrieron las puertas y el potencial pasajero le preguntó ¿A dónde va este bus? Raúl le dijo “a muchos sitios distintos… ¿dónde va usted?” … “Al cielo” –contestó el buen hombre. Raúl, hombre de fe, le contestó “entonces suba, que le llevo, pero tendrá que indicarme el camino…” Aquel hombre sonrió y se subió, y le dijo: “Yo conduzco”. Raúl, desconcertado se levantó y le cedió el sitio, se intercambiaron las chaquetas, y con sorpresa vio que el desconocido escribía en el panel digital “Al cielo” y se ponía a conducir… Raúl conocía ese rostro, sereno, un poco hipster con su barba, sonriente, confiado… ¿Sería uno de los borrachuzos?¿Un antiguo pasajero?¿Un actor de Netflix?... El conductor hizo la ruta de todos los días, y decía en voz alta: esta parada va por tu mujer, Ana. Este trayecto por tu hijo Luis, esta avenida por tu hija María, esta plaza y el sueño que tenemos los dos, los ofrecemos por vuestro pequeño rey David, que va a cumplir un añito… Los borrachuzos que veían el cartel “Al cielo” en su bus nocturno, le saludaban de lejos con bromas jocundas, y algunos vacilaban en subir, pues pensaban que no se lo merecían, o que era demasiado pronto para irse a un sitio tan chulo… Los más valientes subían en el bus, y el misterioso conductor, les contaba historias chulas, cuentos para niños que todo el mundo entiende, luego le contaban sus movidas y el conductor les animaba… Venga hombre: esta vida no te ha ido bien, pero has acabado el día en el autobús de Raúl, tú quieres ir al cielo y Raúl te va a ayudar… Raúl estaba mudo… Presentía que tendrían un accidente pronto y se morirían todos: era el típico final del cuento. Pero Jesús paró de nuevo en la plaza del ayuntamiento y le dio un abrazo, se bajó del bus y le dijo ¿Lo has pillado? Y Raúl le contestó “¡No te vayas!¡Quédate con nosotros!” Raúl no le preguntó el nombre, pero Jesús aceptó la invitación y le dejó conducir a Raúl. Raúl condujo mejor que nunca y decía: “Esta parada por ti, amigo mío, ésta calle por Ana, esta plaza por los borrachuzos que no quieren subir, esta avenida por los mis tres hijos…”, Su amigo contestó: “¿Tres? Pensaba que tenías cuatro…” Raúl ya sabía que su amigo era Jesús, no necesitaba preguntárselo, le podía reconocer, siempre jugando al escondite… Pero no quería que se fuera, y se hacía el loco. Cuando acabó el turno de noche, a eso de las 6:00 desvío el bus hasta la puerta de su casa y le dijo. “Quédate a desayunar con nosotros” Y Jesús le contestó: “Tengo que visitar a otros profesionales de prestigio”. “¿Prestigio? Si yo no soy famoso ni apenas conocido”. Y Jesús le contestó: “Me refiero al prestigio de verdad, el que no se ve, el que se construye cuando uno trabaja siempre por amor, poniendo un motivo sobrenatural a su trabajo, con afán de servir a todos –también a los borrachuzos-, con puntualidad, orden, constancia, intensidad, presencia de Dios, y con una intención pura…” Raúl, siempre ágil, contestó: “¡Genial! Entonces tengo que presentarte a mi mujer y a mis hijos: Ana es la mejor directora de marketing de Valencia, Luis y María son estudiantes de primera categoría, además Luis dibuja muy bien y María se ríe como nadie. Y el pequeño David trabaja de bebé como nadie…” Jesús, rendido ante tales argumentos, aceptó y dijo… “¡Está bien!¡Me quedo a desayunar con vosotros!” Ese día, desayunaron chocolate a la taza con panquemaos y con donuts (uno por persona) y no pudieron jugar al Risk porque Ana tenía que irse a trabajar, Luis y María al cole y porque Raúl hacía trampas… Así que Jesús se despidió y les pidió que le invitasen más a menudo. Al cabo de nueve meses, llegó al mundo un nuevo hermanito, al que bautizaron con el nombre de Rubrel; y todos y los que vinieron después también, fueron felices y comieron perdices casi siempre. Muchos, muchos años después, Raúl fue el primero en ir al cielo, y Jesús le encargó la conducción de los pecadores arrepentidos al cielo, así que le tocó transportar a muchos borrachuzos al cielo, pero también a sus familiares, y por último fue a recoger al escritor de este cuento lacrimógeno, y le retó a una partida de frontón en el Porallí, una urbanización playera que hay en el cielo, y Raúl perdió 21-13 por primera vez en su vida eterna…