Érase una vez un planeta llamado PETA donde todo el mundo estaba loco. No te puedes hacer una idea de hasta qué punto era divertido vivir allí. En la escuela, cada profesor hacía cosas más raras: Don Entusiasta se sentaba en la silla de los niños y les decía:
- En la escuela venimos a aprender, así que todos tenéis que salir a la pizarra y por orden me vais a enseñar algo”, y claro, los niños –que no sabían todavía ni leer- le enseñaban cosas al profesor. Un niño le enseñaba cómo jugar al fútbol, una niña le enseñaba a cantar “Mon pare no te nàs”, otro niño le enseñaba cómo sacarse mocos, etcétera.
El policía Don Silbato multaba a los conductores que iban sólos en moto y les decía:
- En el planeta PETA pueden ir tres en moto porque es absurdo, pero ¿ir uno sólo? ¡Multa!
- ¿Qué multa?
- 3 cosas que lleves en el bolsillo.
- ¿3 cosas? Si sólo tengo 1 palote.
- Pues si lo partes en 3, te lo doy por bueno…
Así era el planeta PETA. Si me preguntas ahora por la reina “Sumajestad” y el rey “Restajestad”, te diré que la reina siempre sumaba y el rey siempre restaba.
Una vez el súbdito el Señor Hipo Teca le pidió 100 Leuros a los reyes para pagar el piso, la reina le contestó:
- ¿Sólo eso? ¡Te vamos a dar 100.000 Leuros!
Y el rey contestaba:
- ¡Tanto! ¡Te vamos a dar 10 Leuros!
El pobre Señor Hipo Teca lloraba de la emoción y les daba las gracias:
- ¡Gracias por los 100.010 euros!
En fin, podríamos seguir contando historias del planeta PETA pero podríamos acabar todos un poco locos.
-¡Pero si tengo 83 años!
El contestaba:
- Esos son los niños más normales…¡Te voy a pillar!
Y si el anciano se quejaba, lo metía en el NORMALICOMIO. Pero el pobre anciano sólo duraba dos días porque como también estaba loco, iba a la máquina de cocalocas y le preguntaba: ¡Qué guapa estás con ese vestido rojo! ¿Te quieres casar conmigo?
Entonces los enfermeros del Normalicomio cojían al anciano y lo sacaban porque “ya estaba loco otra vez ¡Estaba curado!”
El momento importante de la historia viene ahora…
Había una niña llamada Lucía, que iba a cumplir 7 años y era una niña normal, que vivía con sus primos Luis y María, porque sus papás habían desaparecido misteriosamente hacía dos años. El día de su cumpleaños, estaban algunos primos y amigos en casa celebrándolo por todo lo alto (en el tejado de la casa), y de repente…¡DING!¡DONG!
- ¿Quién es?
- ¡Cerdo-cerdo-siete!
- ¿Qué quieres?
- Vengo a llevarme a Lucía
- ¡Noooo!
- Me he enterado de que no está loca y ¡Me la llevo al NORMALICOMIO!
- ¡Noooo!
Entonces, su primo Luis se pusó en medio y dijo:
- Si te la llevas ¡tendrás que enfrentarte conmigo!
- ¡Un primo normal! ¡A ti también te llevaré al NORMALICOMIO!
Y dicho y hecho el agente cerdo-cerdo-siete, sacó un MASCLET, lo encendió y petó: ¡BOOOOM! Y el pobre Luis, María y Lucía fueron acorralados por el humo… y el agente cerdo-siete los metió a todos en un saco.
Los tíos de Lucía no sabían qué hacer y aunque estaban locos de remate, como querían mucho a sus hijos y a su sobrina se hicieron pasar por normales. El tío Raúl decía:
- ¡A mí también me asustan los petardos!
Y la tía Ana decía:
- - Es verdad: a mi marido siempre le han asustado los petardos. Nunca tira petardos encima de la mesa.
El agente cerdo-siete no sabía qué hacer, pues ya no cabía más gente en el saco y dijo:
- ¡Una familia normal! ¡Os voy a meter a todos en el NORMALICOMIO! Ustedes por ser los padres, síganme a la pata coja. Así no podrán correr mucho y no podrán escapar.
Y así se los llevó a todos a la gigantesca cárcel…
Y se cerró la puerta de acero galvanizado blindado y acorazado con un gran golpe. Luego vino la oscuridad. Todo parecía perdido, cuando… de repente los tíos vieron una luz al fondo del túnel, consiguieron sacar a Lucía, Luis y María del saco y fueron andando hasta allí. Se esperaban lo peor.
A la salida del túnel pudieron ver una plaza circular más grande que un estadio de fútbol. Las paredes eran de hormigón armado y tenían más de 100 metros de altura. Arriba había un hueco que daba al cielo, por donde entraba la luz. En el centro de la plaza había un helicóptero negro con un letrero pintado “No return”. Lucía no sabía qué iba a pasar, pero por lo menos estaba con sus primos Luis y María y con sus tíos que seguían haciéndose pasar por normales –aunque todavía estaban un poco locos-. Un guardia –alto, fuerte y con la cara tapada por una máscara antibalas- les preguntó:
- ¿Qué hacen ustedes aquí?
- El tío Raúl contestó: venimos a “reformarnos”. Necesitamos que nos inoculen un chute de coliflor para volvernos locos de nuevo. Así podremos volver a casa.
- Eso no es posible. Se nos acabaron las coliflores la semana pasada. El problema es que en este Normalicomio el que entra… NUNCA MÁS PUEDE SALIR. Cogeréis ese helicóptero y os llevará a otro planeta.
Entonces Luis y María se pusieron a llorar. Los tíos empezaron a discutir con el guardia pero no había manera, hasta que de repente, Lucía empezó a desear con todas sus fuerzas: “Quiero ver a mamá y a papá”. Tan fuerte lo deseó, que se le escapó y dijo:
- ¡Quiero ver a mamá y a papá!
El grito fue tan grande que las paredes de cemento empezaron a hacer eco… ¡QUIERO VER A MAMÁ Y A PAPÁ! ¡VER A MAMÁ Y PAPÁ! ¡MAMÁ Y PAPÁ…! El sonido del eco era tan alto que la estructura entró en resonancia y se puso todo a bambolear… El guardia dejó de discutir con los tíos, se medio despertó y le preguntó a Lucía con voz emocionada:
- ¿Cómo te llamas?
- ¡Estamos perdidos!
Pero el guardia de la puerta les dijo:
- ¡Rápido! ¡Al helicóptero!
Todos fueron corriendo hasta el helicóptero, perseguidos de cerca por las tijeras asesinas en manos de los robots… El tío Raúl sacó sus petardos y empezó a tirárselos a los robots, que se paraban bloqueados ante los masclets, salidas, carcasas y borrachos. Aquello era una auténtica mascletà.
Por fin, subieron todos al helicóptero, donde había una piloto con gafas de sol diciendo… ¡Uno, uno, dos!¡Saliiiiiiimos!
Los tíos Raúl y Ana, y Luis, María y Lucía no sabían quiénes eran el guardia y la piloto, ni donde les llevarían. Lucía pensaba que el guardia estaría muy enfadado con ella, por lo del edificio derrumbado y los pobres robots que se habían vuelto locos y todo lo que habñia pasado por su grito de “¡Quiero ver a mamá y papá!”. Entonces el guardia se puso de cuclillas a su lado y con una voz un poco cascada le dijo:
- ¿Cómo te llamas?
- Lucía.
- ¿Apellidos?
- Obiol Torres.
Entonces el guardia se quitó la máscara antibalas y le dijo: ¡Soy papá!
Los tíos Raúl y Ana, exclamaron. ¿Boby? Y Raúl aún añadió:
- ¡Quéééé´va! ¡Cuñao!¡Esto parece Star wars!
Lucía le dio un abrazo a su padre, y entonces la piloto puso el piloto automático y el tomtom, una voz de cabina dijo “Destinación: VALTERNA”, y mientras el helicóptero cambiaba de rumbo, la piloto se quitó las gafas de sol y la gorra y le dijo a Lucía:
- ¡Lucía! ¡Cuánto tiempo!¡Soy mamá!
Lucía no tenía tiempo de reír ni de llorar. Las emociones le iban a partir en dos. Luis y María se pusieron a bailar de la emoción, el tío Raúl tiró un petardo por la ventana de la emoción y la tía Ana les preguntó a los papás de Lucía cómo habían desaparecido y qué había pasado con Tarta. Contestaron:
- Tarta en verdad se llama Marta y nos está esperando en nuestra nueva casa. En el planeta Peta intentábamos pasarnos por locos y por eso a Marta le llamábamos Tarta. Pero, Marta-Tarta siempre cogía las tijeras de casa, la plancha, los cuchillos… y cerdo-siete se enteró y nos la robó para que trabajara con los guardia-robots. El único modo que teníamos de rescatar a Marta-Tarta era trabajar en el Normalicomio. Luego pensábamos volver, pero los guardias-robots no nos dejaban. Así que por las noches, cogíamos el helicóptero a escondidas y trabajábamos en una isla llamada Valterna. Allí nos hicimos una casa y allí dejamos a Marta una noche. Hoy la veréis.
Lucía estaba muy contenta de poder volver a ver a su hermana Marta. Ya no podía imaginarse más emociones, pero se equivocaba…
- En VALTERNA todo es normal, y tenemos sitio para los 9.
Lucía se puso a contar:
- 1. Mamá, 2. Papá, 3. La tía Ana, 4. El tío Raúl, 5. La prima María, 6. El primo Luis, 7. Mi hermana Marta, 8. Yo, 9...¿Cómo que nueve?
Y entonces, se abrió la puerta y apareció Marta con un carrito de bebé, en el que estaba
Una niña preciosa. Entonces mamá dijo:
- ¡Os presento a Blanca!
Y la emoción fue tan grande que el tío Raúl hizo una gran mascletá, y desde entonces a todos nos gustan los petardos. Y fueron felices y comieron Macnuggets y hambuerguesas sin pepinillos, uvas de postre y miles de lacasitos.
FIN